El significado de Ítaca en Cinema Paradiso

Cinema Paradiso se convirtió en un clásico del cine en el mismo momento de su estreno. Fue la forma de definir cinematográficamente el mismísimo significado del concepto Itaca, junto a las numerosas referencias a la Odisea, lo que la erigió, en parte, como la obra maestra que es; porque si muchos críticos afirman que Cinema Paradiso es una oda al séptimo arte, incuestionablemente, también constituye un canto a la Literatura Universal.

La cinta narra la llegada de Salvatore Di Vita, exitoso director de cine, a su mansión, en mitad de la noche. Allí recibe una llamada telefónica comunicándole la muerte de Alfredo, sustituto de la figura paterna durante su infancia y referente guía en su juventud.

A partir de este momento, el protagonista, afligido por el fallecimiento de su amigo, intenta conciliar el sueño. En vez de lograrlo, comienza a evocar su pasado. Y en el recuerdo, las distintas etapas de su vida se van sucediendo una tras otra.

De este modo, la fase inicial de la película abarca la etapa de su niñez. Durante este periodo, el protagonista, entonces apodado Totó, establece una estrecha relación con Alfredo, que es el proyeccionista del único cine de Giancaldo.

Debido a las travesuras de Totó dentro de la sala de proyección y con el propósito de mantenerlo ocupado, Alfredo le va proporcionando fotogramas que corta de los rollos proyectados, para que Totó se entretenga observándolos al trasluz. Muchos de estos pequeños fragmentos corresponden con los que debe desechar de la cinta, puesto que la censura prohíbe proyectarlos, especialmente aquellos en donde aparecen escenas en la que los actores se besan.

En la segunda parte del filme, cuando Totó entra en la adolescencia, este se enamora de una joven y decide cortejarla, esperándola diariamente bajo su ventana. En estas circunstancias, Alfredo, para prevenirlo, le relata a Totó la historia de Los cien días del plebeyo (el director de la película utiliza en esta escena el recurso literario de la intertextualidad). Sin embargo, los jóvenes se enamoran. Un verano ella se ausenta del pueblo por vacaciones. A su vuelta coinciden en un cine en el que proyectan Ilíada, de 1960, donde Kirk Douglas interpreta al astuto Odiseo. Finalmente, esta relación se romperá, debido a la obligación de él de partir al servicio militar y ella a la universidad. Cuando Totó regresa del servicio a Giancaldo, su perro, como el fiel Argo de Ulises, es el único que lo reconoce de entre todos sus vecinos. De este modo, Totó, apesadumbrado todavía por la ruptura, y aconsejado por Alfredo, decide marcharse a Roma y no volver jamás.

En este momento del recuerdo, tumbado aún en la cama del dormitorio de su mansión, Salvatore, después de tantos años de ausencia, decide regresar a Giancaldo para asistir al entierro de Alfredo.

Cuando vuelve al pueblo, visita a su madre, que en ese momento se encuentra bordando una prenda, la cual emula el tapiz que Penélope tejía cada día y noche tras noche volvía a deshacer. Su madre, al oír que su hijo llama a su puerta, baja a reencontrarse con él, finalizando por fin su labor. En esta escena, el espectador solo escucha los pasos acelerados de su madre bajando la escalera con una de las puntas del hilo, mientras observa la imagen de la prenda deshilachándose hasta cesar, mostrando así que la espera ha concluido.

Salvatore ha vuelto a Giancaldo, como el laertíada a Ítaca. Es el momento en el que el protagonista vuelve a ver a todas las personas que una vez formaron parte de su vida, pero, como él, han envejecido. Sus vecinos, sus amigos, han cambiado, incluso el vagabundo que dormía en la plaza del pueblo, desempeñando el papel del personaje de la literatura clásica que solía representar la voz de los dioses, los cuales tomaban posesión temporalmente de los cuerpos de los mortales para manifestar, a modo de portavocía, la verdad. Después del entierro y justo antes de volver a Roma, la mujer de Alfredo le entrega un carrete de celuloide que el mismo Alfredo había dejado para él.

El clímax de la película llega con su escena final. Esta comienza en Roma, donde Salvatore para conocer su contenido entrega la cinta que le había proporcionado la mujer de Alfredo al proyeccionista de su sala de cine, que es interpretado por el propio director de Cinema Paradiso, Giuseppe Tornatore, el cual se ha integrado como personaje.

Esta técnica constituye un juego especular y metaliterario por parte del director, puesto que a partir de entonces el propio espectador de Cinema Paradiso también se siente incluido en la historia. Cuando proyecta la película, Tornatore nos muestra dos enfoques que se van entrecruzando. El primero es la pantalla del cine mostrando los fotogramas censurados que Alfredo había guardado para Salvatore, y el segundo, un primer plano del protagonista sentado en la sala de cine visualizando la cinta. Este efecto provoca en el espectador el mismo sentimiento que al unísono experimenta Salvatore, creando en tiempo real un juego de espejos metaficcional, al más puro estilo cervantino. Y allí, Salvatore se encuentra consigo mismo, descubriendo su lugar en el mundo y comprendiendo el significado de lo que Homero denominó Ítaca, es decir, el retorno a las raíces a través del camino de la experiencia, por el cual se revela que la memoria y los sentimientos de libertad y amor conforman en esencia los elementos que otorgan sentido a la vida.