Mar, de Ana María Matute.
«Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas. Pobre niño, estaba doblado, amarillo. Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde.
Pero cuando llegó al mar se quedó parado. Su piel, ¡qué extraña era allí! “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.
Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.
“¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde.
Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: “¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia!».
Ana María Matute nació un 26 de julio de 1925 en Barcelona y perteneció a la generación de los Niños asombrados. Frisando los 79 años, falleció un 25 de septiembre de 2014. Ha sido una autora que ha destacado, amén de su calidad literaria, por sus temas didácticos, los cuales se usaron en los colegios de todo el país para enseñar lengua y literatura.
El pasaje propuesto para su desarrollo se titula Mar. Este texto se incluye en la obra Los niños tontos, publicada en 1956. Este título está trufado de símbolos poéticos, como podemos observar, verbigracia, en «las abejas de oro» o «las hormigas malignas», de La niña fea. El símbolo de las hormigas aparece en las Metamorfosis o El asno de oro, de Apuleyo, en el episodio de Psique y Cupido, como vínculo con el submundo de la tierra, prolepsis de lo que va a acontecer, que es la muerte. Por consiguiente, es un texto que entronca con lo modernista. No obstante, solo aparecen estos símbolos como detalles, como instrumentos que tiene la autora en el interior de una caja de herramientas, donde escoge de toda la tradición literaria lo que necesita para la narración.
Asimismo, la estructura es muy poliédrica, pasa igual con la poesía. Sin embargo, los rasgos poéticos no están relacionados con la musicalidad de esta poeticidad, esto es, la sonoridad de la palabra, el ritmo, etcétera. No están tan presentes, hay más extrañamiento con respecto a la realidad, porque la autora estuvo marcada por la Guerra Civil, donde vivió episodios muy extremos. Una de sus conexiones que tuvo la escritora con aquella realidad era la mortandad infantil, que en España, en aquella época, era la más alta de toda Europa, la cual procedía ya desde finales del diecinueve y duraba hasta los años treinta, y a la que por añadidura había que sumarle los niños no bautizados, que no se contaban, alcanzando cotas de un 25 %, es decir, uno de cada cuatro niños fallecía. Después de la guerra los datos son aproximadamente semejantes. De tal manera que ella habla de la Guerra Civil y lo que vino después. Por este motivo vemos niños, débiles e inocentes, que siempre pierden frente a los otros niños que han quedado indemnes, es decir, los hijos de los nacionales. En definitiva, son niños sumidos en la desgracia, los cuales son rechazados por la propia sociedad de niños: «niños que aparecen marginados de la sociedad, tanto del mundo de los adultos como del mundo de los mismos niños», Báder (2011).
Por otro lado, la originalidad del texto radica en varios elementos, a saber:
1. El mundo clásico, antiguo. Los niños de cada cuento acaban muriendo, como en una tragedia griega. La acción va sucediendo y de una manera inexorable se conduce hacia un final funesto, y no hay manera de escapar. Esto nos lleva al segundo elemento: el símbolo.
2. El símbolo, como son los siguientes:
a) El paisaje, que es el equivalente a un decorado de fondo. Este paisaje es una suerte de locus amoenus, que hace las veces de antesala del submundo, que en el cuento que nos atañe, Mar, es el mismo mar y está como vivo, ejerciendo una influencia sobre el niño. Por su parte, la ropa es la vestimenta del personaje que llevara como si estuviera actuando en un teatro.
b) La caracola, que es la espiral, símbolo relacionado con la circularidad, la eternidad, que no acaba nunca y no pasa por el mismo sitio dos veces, a diferencia del círculo. Representa la vida, que es mutación, cambio de manera indefinida o eterna.
c) La muerte. En Mar aparece el niño que muere, que es como un contraste muy contundente porque se malogra, puesto que el niño es esperanza de futuro en sí mismo.
Hay asimismo un tránsito de una dimensión a otra, y la visión desde los dos lados del espejo: como lo ven las personas y como lo ve el niño. Se muestra al niño en esa otra vida, con conciencia. También hay algo en relación con el camino. El niño está enfermo y se supone que es una enfermedad grave. Hay un primer camino hacia el mar, y ese camino supone que el niño tiene una idea del mar, que no lo conoce de nada, es como pura fantasía en su cabeza, encontrándose al final del camino con una realidad. El camino normal puede llevar a que el niño muriera de esa enfermedad, pero hay una elección suya que sigue un camino de búsqueda. En realidad, es el tópico de lo clásico, el de los ríos que van a parar al mar, ríos de la vida, que también es un tema de tragedia. Asimismo, el camino del niño es muy corto, desde la orilla a la propia inmensidad del mar. Así pues, en la narración el tema de la muerte es un argumento de tránsito entre dos realidades. Es como convertirse en otra cosa, como algo de la infancia que muere. La muerte como símbolo entre dos realidades. El continuar después de esa muerte, donde se reflejan pensamientos suyos y donde ve la realidad en contraste con los que ven otra realidad en el mundo de los vivos, como una muerte idealizada a lo gogoliano.
En conclusión, pienso que los motivos literarios más destacables de la narración es, por un lado, el tránsito, esto es, el niño que aparece al principio y al final, y en medio un paso, un tránsito, como de un salto desde la niñez a la adolescencia. Por otro lado, los símbolos. La obra de Ana María Matute construye símbolos, que pueden ser plurisignificantes y estar entrecruzados, como los colores que aparecen en toda la obra. En definitiva, en la obra subyace un prurito de rescatar la negra espalda del tiempo, un pasado literario clásico de tragedia, que le sirve para señalar, y tal vez denunciar, la injusta y cruda realidad de una época que marcó para siempre la obra de Ana María Matute, una niña asombrada.
Referencias bibliográficas:
- Petra Báder, “Ritos de paso, ritos de iniciación: Los niños tontos de Ana María Matute”, LEJANA. Revista Crítica de Narración Breve, 2011, pág. 1.