Arturo Pérez-Reverte es hijo de su tiempo. Y buena prueba de ello es su último best-seller, ambientado en la Guerra Civil Española: Falcó. Este libro no es ninguna novela ejemplar; más bien es un pastiche lleno de diálogos pueriles y escenas inverosímiles que rozan lo absurdo y lo ridículo. Un ejemplo de ello es el momento en el que se describe una fiesta o recepción de la alta sociedad del Bando Nacional en plena Guerra Civil. Lejos de ser fiel a la realidad, el autor nos propone de forma idílica una gala exquisita de blanco satén, champagne y pajarita, que rompe el principio de verosimilitud, puesto que en aquella época esta suerte de velada no tenía lugar. El tipo de convite al que nos hace referencia Arturo Pérez-Reverte solía ser brutesco, y no es de extrañar que estuviera compuesto por cuatro militares, reunidos en la parte superior de una sala de juegos o casa de mala fama, manteniendo una estrecha relación con el mundo de la ramería. Una idea cercana a lo que podría haber sido una reunión política o social de aquel momento quedó materializada perfectamente en Mis Almuerzos con gente importante, de José María Pemán, o en Los helechos arborescentes, de Francisco Umbral. Por otro lado hay que apuntar que lo único que podría haber salvado esta novela hubiera sido la originalidad de su protagonista, Lorenzo Falcó, que es como un James Bond a la española. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Reverte por dotar de seriedad y entidad propia a su personaje, apenas si consigue dibujar una caricatura a lo Anacleto, agente secreto. No obstante, aunque Falcó funcione como un texto de consumo, parecido a los libros que se venden como novedades en los escaparates de El Corte Inglés, que secan el seso al modo de novelas de caballerías, no todo lo escrito por PérezReverte es desdeñable. De entre todo el florilegio de títulos escritos por Pérez-Reverte, Patente de Corso (1993-1998), volumen que compila los artículos escritos en la Revista XL Semanal entre 1993 y 1998, es uno de los ejemplares más representativos de la literatura del desencanto de nuestro tiempo. Esta tradición literaria, casi un género en sí misma, ha sido impulso constante en la literatura española desde tiempos inmemoriales, manifestada en autores como el siglodeorista Quevedo, o en escritores de la talla de Cadalso, Larra y Cela, hasta nuestros días con el maestro PérezReverte. En esta obra, y en otras similares en su haber, como por ejemplo Con ánimo de ofender, nuestro reportero de guerra alcanza esa voz de la enunciación narrativa, configurando en el imaginario del lector aquellas historias ficticias que logran remover la consciencia y estremecer el alma.

Y tal vez sea esto, precisamente, la literatura, ese extrañamiento que después de la lectura nos deja un rescoldo de placer y, escondida, un poco de sabiduría. Para finalizar, pienso que la obra del académico, en conjunto, sobrevivirá al paso del tiempo, y quizá Arturo Pérez-Reverte llegue a ser junto a Juan José Millás, Rafael Chirbes, Antonio Muñóz Molina, Javier Marías, Luis García Montero, Juan Eslava Galán, Antonio Orejudo y un florido ramillete de autores, parte de una generación de escritores que muestren el camino de la recta ratio a los hombres y mujeres del futuro.

Un brindis por el patriarca Hemingway

Me he sentido indignado al leer un artículo en el que se afirma, sin ningún tipo de justificación científica o filológica, que Ramón J. Sender no escribió La tesis de Nancy. El escrito se titula Ramón J. Sender y Alcalá de Guadaíra en su Tesis de Nancy, de la alcalareña María del Águila Boge Pineda, exdirectora cultural de la Casa de España en Los Ángeles. En este artículo Boge Pineda narra las tertulias que mantuvo con el escritor Ramón J. Sender, siendo ella por aquel entonces directora cultural de la Casa de España. Al comienzo del texto rememora la primera reunión que tuvo con el escritor, en la que Sender le contó «sus más amargos recuerdos: el asesinato de su esposa en Zamora, el exilio a Francia con sus hijos pequeños, etcétera». En este encuentro también charlaron sobre La tesis de Nancy (libro escrito por Sender, en el que la acción de la protagonista transcurre en Alcalá). En el momento en que comentaban la novela, Pineda dice que el recuerdo de su ciudad natal le suscitó de repente un arrebato de «entusiasmo localista»: «Mencioné sus dólmenes paleolíticos de Gandul y su gloriosa historia, antesala de la conquista de Sevilla por el rey san Fernando, su fortaleza almohade, residencia de Leonor de Guzmán –la reina que no cuenta, matriarca sin embargo de la dinastía Trastámara-, el paradisíaco parque Oromana, etcétera». Al parecer este comentario provocó en Sender cierta incomodidad, puesto que afirma Pineda: «el ceño adusto de don Ramón hizo que me apercibiera de que yo estaba haciendo una crítica a su novela». Una vez finalizada aquella conversación, sostiene que «estaba convencida no solo de que don Ramón nunca había estado en Alcalá, sino de que él no había escrito la novela». De tal manera, la conclusión que obtiene la exdirectora cultural de la Casa de España de aquella cita fue que Ramón J. Sender nunca visitó Alcalá y por ende «La tesis de Nancy seguramente había sido escrita por aquella alumna suya yanqui, que, como tantas otras estudiantes, residía en Alcalá […] dejándose impresionar por el tema más tópico de los gitanos locales, sin mencionar siquiera la fortaleza almohade más grande de España, sus extensas murallas con sus conspicuos once torreones y su castillo allá en lo alto del alcor, llamativos desde todas las entradas de la ciudad». Después de aquella entrevista tuvo otra velada con Sender que cuenta de esta forma: «Ya atardecido, fuimos a una sala de fiesta donde actuaban flamencos españoles y mariachis mexicanos. Don Ramón era allí tan conocido como querido. […] pagaba rondas para todos y daba muchas propinas. Las artistas jóvenes se le sentaban en las piernas y las maduras le besaban con veneración. Él reía feliz entre ahogos, como un patriarca Hemingway en la plaza del Castillo de Pamplona–en sus últimos sanfermines, mi hermana y yo, sentadas a su lado en la terraza del café Iruña entre un grupo de jóvenes suecos que nos hacían corro, tomamos copas que papá Hemingway pagaba para todos». Para finalizar, concluye: «Si apenas conocí a don Ramón, sin saber que había sido Premio Nacional de Literatura, dudé de su autoría de La tesis de Nancy, aún dudé mucho más al conocer toda su obra literaria».

Como sabemos La tesis de Nancy es una novela de carácter epistolar en la que se narran las peripecias de una joven estudiante americana afincada en Alcalá de Guadaíra. El pueblo de Alcalá de Guadaíra en la novela se describe a través de esa figura retórica que conocemos como topografía, que es un tecnicismo retórico-literario, y sirve, en el ámbito literario, para denominar la recreación de lugares insertados en la ficción al tiempo que dota con un cariz de verosimilitud una historia irreal. Por tanto, podemos afirmar que las localizaciones que se encuentran en la fantasía, aunque se les otorgue el nombre de una ciudad real, se interpretan como escenarios o descripciones de territorios que habitan la imaginación, como algo soñado. Tanto es así, que incluso el Madrid de Galdós o el París de Cortázar son topografías o lugares ficticios, porque están dentro de la mentira, la invención, lo irreal. Así pues, estos parajes, confeccionados con el tejido de la simulación, proporcionan al tapiz que es la novela un inextricable bordado, lleno de matices, que convierten por un momento lo ficticio en verosímil. De tal manera que a Sender no le hizo falta conocer Alcalá, ni mucho menos visitarla para usarla como topos; es más, si hubiera querido proponer para su libro una Alcalá idílica, como las descripciones de las antiguas arcadias paradisíacas, hubiera utilizado la topotesia, es decir, la descripción fingida de un lugar que puede ser ilusorio o no. En definitiva, más allá de la descripción que Boge Pineda hizo de Alcalá retrotrayéndose a la dinastía Trastámara, que no es ni una forma de topotesia ni topografía, sino puro localismo hipócrita, pacato y cateto, y de su poco criterio, se pueden analizar muchos elementos de la novela del gran Sender, incluso indagar si de su pluma nació dicha historia. Sin embargo todo apunta a que la autoría de La Tesis de Nancy difícilmente pueda serle arrebatada al inmortal Ramón J. Sender, el gran escritor que insertó la ciudad de Alcalá de Guadaíra en la Literatura Universal, al tiempo que denunciaba numerosos aspectos la sociedad española de su momento, la cual, como podemos observar en el indigno artículo de María del Águila Boge Pineda, todavía apesta «a orines de gato».

El significado de Ítaca en Cinema Paradiso

Cinema Paradiso se convirtió en un clásico del cine en el mismo momento de su estreno. Fue la forma de definir cinematográficamente el mismísimo significado del concepto Itaca, junto a las numerosas referencias a la Odisea, lo que la erigió, en parte, como la obra maestra que es; porque si muchos críticos afirman que Cinema Paradiso es una oda al séptimo arte, incuestionablemente, también constituye un canto a la Literatura Universal.

La cinta narra la llegada de Salvatore Di Vita, exitoso director de cine, a su mansión, en mitad de la noche. Allí recibe una llamada telefónica comunicándole la muerte de Alfredo, sustituto de la figura paterna durante su infancia y referente guía en su juventud.

A partir de este momento, el protagonista, afligido por el fallecimiento de su amigo, intenta conciliar el sueño. En vez de lograrlo, comienza a evocar su pasado. Y en el recuerdo, las distintas etapas de su vida se van sucediendo una tras otra.

De este modo, la fase inicial de la película abarca la etapa de su niñez. Durante este periodo, el protagonista, entonces apodado Totó, establece una estrecha relación con Alfredo, que es el proyeccionista del único cine de Giancaldo.

Debido a las travesuras de Totó dentro de la sala de proyección y con el propósito de mantenerlo ocupado, Alfredo le va proporcionando fotogramas que corta de los rollos proyectados, para que Totó se entretenga observándolos al trasluz. Muchos de estos pequeños fragmentos corresponden con los que debe desechar de la cinta, puesto que la censura prohíbe proyectarlos, especialmente aquellos en donde aparecen escenas en la que los actores se besan.

En la segunda parte del filme, cuando Totó entra en la adolescencia, este se enamora de una joven y decide cortejarla, esperándola diariamente bajo su ventana. En estas circunstancias, Alfredo, para prevenirlo, le relata a Totó la historia de Los cien días del plebeyo (el director de la película utiliza en esta escena el recurso literario de la intertextualidad). Sin embargo, los jóvenes se enamoran. Un verano ella se ausenta del pueblo por vacaciones. A su vuelta coinciden en un cine en el que proyectan Ilíada, de 1960, donde Kirk Douglas interpreta al astuto Odiseo. Finalmente, esta relación se romperá, debido a la obligación de él de partir al servicio militar y ella a la universidad. Cuando Totó regresa del servicio a Giancaldo, su perro, como el fiel Argo de Ulises, es el único que lo reconoce de entre todos sus vecinos. De este modo, Totó, apesadumbrado todavía por la ruptura, y aconsejado por Alfredo, decide marcharse a Roma y no volver jamás.

En este momento del recuerdo, tumbado aún en la cama del dormitorio de su mansión, Salvatore, después de tantos años de ausencia, decide regresar a Giancaldo para asistir al entierro de Alfredo.

Cuando vuelve al pueblo, visita a su madre, que en ese momento se encuentra bordando una prenda, la cual emula el tapiz que Penélope tejía cada día y noche tras noche volvía a deshacer. Su madre, al oír que su hijo llama a su puerta, baja a reencontrarse con él, finalizando por fin su labor. En esta escena, el espectador solo escucha los pasos acelerados de su madre bajando la escalera con una de las puntas del hilo, mientras observa la imagen de la prenda deshilachándose hasta cesar, mostrando así que la espera ha concluido.

Salvatore ha vuelto a Giancaldo, como el laertíada a Ítaca. Es el momento en el que el protagonista vuelve a ver a todas las personas que una vez formaron parte de su vida, pero, como él, han envejecido. Sus vecinos, sus amigos, han cambiado, incluso el vagabundo que dormía en la plaza del pueblo, desempeñando el papel del personaje de la literatura clásica que solía representar la voz de los dioses, los cuales tomaban posesión temporalmente de los cuerpos de los mortales para manifestar, a modo de portavocía, la verdad. Después del entierro y justo antes de volver a Roma, la mujer de Alfredo le entrega un carrete de celuloide que el mismo Alfredo había dejado para él.

El clímax de la película llega con su escena final. Esta comienza en Roma, donde Salvatore para conocer su contenido entrega la cinta que le había proporcionado la mujer de Alfredo al proyeccionista de su sala de cine, que es interpretado por el propio director de Cinema Paradiso, Giuseppe Tornatore, el cual se ha integrado como personaje.

Esta técnica constituye un juego especular y metaliterario por parte del director, puesto que a partir de entonces el propio espectador de Cinema Paradiso también se siente incluido en la historia. Cuando proyecta la película, Tornatore nos muestra dos enfoques que se van entrecruzando. El primero es la pantalla del cine mostrando los fotogramas censurados que Alfredo había guardado para Salvatore, y el segundo, un primer plano del protagonista sentado en la sala de cine visualizando la cinta. Este efecto provoca en el espectador el mismo sentimiento que al unísono experimenta Salvatore, creando en tiempo real un juego de espejos metaficcional, al más puro estilo cervantino. Y allí, Salvatore se encuentra consigo mismo, descubriendo su lugar en el mundo y comprendiendo el significado de lo que Homero denominó Ítaca, es decir, el retorno a las raíces a través del camino de la experiencia, por el cual se revela que la memoria y los sentimientos de libertad y amor conforman en esencia los elementos que otorgan sentido a la vida.

Blanco mandil

En el dintel de la puerta que da acceso a mi biblioteca, reza el mismo aforismo que grabado en piedra se podía leer a la entrada del templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo (γνωθι σεαυτόν).

Cuando nos adentramos en ella, encontramos libros por doquier, que, como la hiedra, cubren los muros hasta alcanzar el techo. Más que parecer ladrillos de adobe que soportaran una techumbre, simulan las frondosas hojas de un espeso bosque las cuales intentaran tocar la mismísima bóveda celestial.

Ayer penetró en esta selva umbría  un nuevo ejemplar: De oficio Masón, revelaciones de una Gran Maestre, de Ascensión Tejerina. Y en él podemos leer: lo que tú haces, te hace. Esta sentencia me cautivó tanto que desde entonces el libro ocupa un lugar predilecto en mi extensa biblioteca.

Sin lugar a dudas, la lectura de este título ha sido un hallazgo como ningún otro y difícilmente encuentre otra que produzca en mí un impacto semejante. Porque no solo ha significado una verdadera revelación, sino que además se ha convertido por añadidura en un acicate con el que seguir aprendiendo y leyendo sobre la Masonería, ya que pienso que lecturas de esta índole proporcionan a este sagrado lugar que es mi biblioteca inteligencia, fuerza y belleza.

De tal manera que el libro está colocado justo en el centro de este espacio que es mi biblioteca y poco a poco, desde el interior, florecerán más libros que llegarán a colmar y enriquecer por completo el jardín de esta, como digo, librería personal.

El objeto del libro, según su autora, es otorgar al lector «las explicaciones y los discursos» que realizó para  «propiciar un drástico cambio hacia una actitud que nos permita afrontar el futuro con mejores posibilidades de comunicarnos con la sociedad».

Sin embargo, consigue algo más, puesto que también interpela al lector y lo obliga a reflexionar. De tal manera, con sus deliberaciones Ascensión Tejerina logra sembrar en el lector una simiente, a través de la cual, súbitamente, germina y crece un granado inagotable, del que con solo una gota de su fruto saciaría la sed del propio Tántalo.

Por consiguiente, ahora que finaliza 2023, sería conveniente sumar lecturas de Krause, Yolanda Alba, María Pinto Molina, Diego Martínez Barrio, Anderson, Ferrer Benimeli, María José Turrión, José Luis Cobos, Rosa Elvira Presmanes, Otaola y una extensa nómina de escritores, para aprehender todos los conocimientos posibles. Esto no sería más que un ejercicio para convocar a Jano, el dios romano, y nos brinde la suerte necesaria con la que traspasar el umbral hacia un nuevo año y un nuevo conocimiento, permitiendo de este modo el crecimiento personal.

Con el estudio de  estos autores empezaré a dar los pasos necesarios a través de la senda que me llevará a conocerme y construirme a mí mismo. Pero no será fácil. Se requiere mucho rigor, trabajo y esmero. 

En definitiva, estas lecturas pueden hacer las veces de aquellas herramientas con las que trabajaron los aprendices constructores del Medievo. Así, las lecturas emularán la plomada, el cincel, el mazo, el compás, la escuadra y, sobre todo, el mandil, el blanco mandil antiguo, cuya solapa protege a quien lo porta de las esquirlas de la sinrazón, y permitirán cimentarse en los valores de igualdad, libertad y fraternidad.

Arturo Pérez-Reverte, el Tintín español

El periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte vive como si creyera que es el mismísimo Tintín. Así, me lo imagino enloquecido, como el Quijote, pensando que habita en un mundo extraído directamente de las bandes dessinées de Hergé, ora conversando con algún amigo suyo, como si se dirigiera al Capitán Haddock, ora paseando a su golden retriever, creyendo que camina junto a Milú, o tal vez escribiendo un artículo criticando a Solana, esto es, contra su archienemigo Rastapopoulos.

Me lo figuro, pues,  buscando incesantemente personas que pudieran representar los personajes que rodean al famoso periodista belga para completar su mundo inventado. Asimismo, seguramente, le sucederá lo mismo con los lugares, creyendo que Vukóvar es el equivalente de Borduria, el país imaginario de los Balcanes creado por Hergé.

Reverte está convencido de que su realidad coincide con la que se muestra en las tiras del cómic, y paraleliza así su vida real con otra, que es fingida, entrecruzándolas,  olvidando cuál es una y cuál otra, confundiéndolas, hasta que el roce producido en su mente las funde en una sola.

Y al igual que en los mundos de Tintín, donde el racismo, el clasismo, el maltrato animal y el machismo campan a sus anchas, el universo del académico se caracteriza también por el conservadurismo, el derechismo y el machismo. Sin embargo, subyace una gran diferencia entre sendas obras: y es que en las viñetas de Hergé hay, incuestionablemente, arte.

Estamos pues ante un caso de locura quijotesca. Bien es cierto que esta locura no convierte al sujeto que la padece en una persona peligrosa, pero sí se debe reseñar que esta, a fin de cuentas, no deja de ser eso mismo: locura.

Porque la locura es la única justificación que se me ocurre ante los disparates que escribe o expresa a diario en los medios de comunicación.

Estos desvaríos no se circunscriben solo a los artículos escritos en el XLSemanal, como el que redactó alabando la figura del rey Juan Carlos, el cual cometió con toda probabilidad cohecho y blanqueo de capitales (tal vez se vio a sí mismo en el deber de glorificar al Emérito, como Tintín en sus aventuras tuvo que salvar el honor del rey de Syldavia en El cetro de Ottokar), sino que se prolonga a toda su obra literaria

Resulta inverosímil que un escritor, periodista y académico, pueda escribir semejantes dislates e incoherencias.

El problema es que muchas personas han aceptado el pacto de ficción imaginado por Reverte, es decir, su locura, participando de su despropósito asumiendo y comprando la opinión y obra del académico.

Espero que la ciudadanía no acepte el mundo ficticio de Pérez-Reverte y se proteja de esta locura, y que, en definitiva, las aventuras de Tintín no salgan de las viñetas de Hergé, quedando solo para el disfrute de algunos lectores.

No obstante, si hubiéramos de aceptar el cosmos revertiano, como parece que ha aceptado gran parte de nuestra sociedad, prefiero incluirme en él con una personalidad propia que me permita mejorar cada viñeta, cada secuencia, construyendo una historia mejor, sin machismos, de forma inclusiva, sin violencia, sin odio, y sin ser un caricato del tebeo como se ha convertido Arturo Pérez-Reverte, el Tintín español.

De animales a demonios

La lectura de Sapiens, de Yuval Noah Harari, me tiene abducido. Los libros de esta índole, los best-sellers, no suelen ser mis predilectos, y rara vez los leo, no obsta, sin embargo, a que puedan ser grandes hallazgos. Si tengo planeado comprar un libro, nunca presto atención a estos volúmenes. Pero desde que leo Sapiens, siempre que visito una librería o me detengo a observar los escaparates de alguna gran superficie, de forma intrigante advierto su presencia.

Según la red de redes, el autor de este superventas, Yuval Noah Harari, nació el 24 de febrero de 1976 en Kiryat Atta, ciudad ubicada al norte de Israel. Harari creció en este lugar hasta frisar los diecisiete años, en el seno de una familia judía, cuyas raíces se prolongan a Europa del Este, puesto que su abuela nació en Polonia (ella se instaló en Palestina en 1934). Hijo de Shlomo, ingeniero en la industria armamentística, y Pnina Harari, oficinista, Noah Harari fue un niño prodigio que aprendió a leer a los tres años. Debido a sus capacidades, a los ocho recibió clases en el Centro de Educación Leo Baeck, en Haifa, donde solo ingresan jóvenes con talento.

Más tarde, estudió en la universidad de Jerusalén, hasta que en 2002 se doctoró en la Universidad de Oxford. Actualmente, reside como un moshavnik en la zona urbanística del Mesilat Zion, cerca de Jerusalén, y es profesor en el Departamento de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ejerciendo de especialista en historia medieval y militar. Harari asevera que su vida «Ha sido lo que ha sido» y que no quiere «construir una historia a su alrededor. Cualquier historia de este tipo es probable que sea ficción en un 90% e ignore el 90% de la verdad.» (Rodríguez, 2017).

Este profesor, escritor y divulgador, posee varios galardones, a saber: premio Polonsky, en 2009 y 2012; premio Moncado de la Sociedad de la Historia Militar (Colorado), en 2011; premio German Economic Book Award 2017 de Handelsblatt; galardonado con el CITIC de China; premio al libro académico, concedido por The Academic Award Book Trade. Y también ostenta el dudoso honor de poseer admiradores de alto fuste (o fusta) como Mark Zuckerberg, Bill Gates y Barack Obama, entre otros. Desde 2012, Yuval Noah Harari es miembro de la Academia de las Ciencias de Israel.

Por su parte, Sapiens: una breve historia de la humanidad es un libro que narra la historia del ser humano, desde los albores de la humanidad hasta el momento de las revoluciones científicas del siglo XXI. Fue publicado por primera vez durante 2011, en hebreo, pero se ha traducido a multitud de lenguas.

La obra expone de forma particular cuestiones como la revolución de la cognición humana, el desplazamiento de las distintas razas, la evolución de las cosmópolis, y el ascenso de las religiones, así como la caída de las civilizaciones, la globalización, y, sobre todo, las «ficciones inventadas por los humanos» (Rodríguez, 2017). En este sentido, Harari plantea una visión muy parcial sobre la historia y progreso humanos, en la que aglutina temas científicos, históricos, antropológicos, biológicos y psicológicos, ofreciendo una opinión que brilla más bien por su capacidad de crear espejismos a través de una fórmula narrativa hábil, la cual genera una lectura muy liviana, y, por tanto, provoca la entrega y confianza del lector, que por su calidad y rigor. Y quizá radique aquí la clave del éxito de este vademécum: según Google, Sapiens: De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad ha vendido más de 21 millones de ejemplares en todo el mundo.

En suma, el texto narra la evolución del ser humano, desde la prehistoria hasta el tiempo de las grandes revoluciones tecnológicas y científicas. Este progreso se produce merced a la capacidad que posee la especie humana de imaginar y cooperar en grandes colectivos utilizando el lenguaje, que es una de las grandes características que nos diferencia de los animales. Y esta revolución cognitiva es la que ha permitido la conquista de todo el orbe por parte de la humanidad, destruyendo al tiempo el resto de especies humanas y generando un cambio radical de la flora y la fauna en la faz de la tierra.

De tal manera que la tesis de la obra se basa en la facilidad que tiene el ser humano de crear narrativas, ficciones, mitos, conceptos abstractos, que sirven para darle sentido y significado a todo aquello que configuran las sociedades actuales: dinero, religión, naciones, derechos humanos, etcétera. Estas invenciones, transmitidas y aceptadas por la humanidad, provocan la colaboración en grandes masas y, por ende, la superioridad de la especie sobre los demás seres vivos del planeta. 

En definitiva, la obra, influenciada por Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, es un “ensayo” muy ameno que, aunque nada tiene que ver con los grandes títulos de la antropología, como la Antropología política, de Georges Balandier, o la psicología, como la Teoría de los sentimientos de Carlos Castilla del Pino, ni con cualquiera de las otras grandes obras de las distintas disciplinas que el texto trata, propone una lectura rápida y entretenida, que sinceramente merece el tiempo dedicado, sobre todo por la cantidad de información y el glosario de términos esmeradamente seleccionados para su traducción.

No obstante, cabe decir que, una vez finalizada la lectura, en el imaginario del lector permanece la concepción por la cual la globalización es un hecho irreversible, el capitalismo es un resultado natural y difícilmente sustituible, y el progreso científico inexorablemente llevará la humanidad a copar la cúspide del panteón de los dioses, ya anunciado desde el propio título del libro. No olvidemos que en última instancia este libro está diseñado no para provocar en el lector un ejercicio intelectual de reflexión donde germine un aprendizaje, sino para inocularle las pautas que le lleven progresivamente a las ideas anteriormente expuestas. Y, tal vez, esta sea la razón por la cual el libro cuenta con tan grandes ilustres seguidores como Mark Zuckerberg, Barack Obama, o la caterva de Silicon Valley, que a su vez potencia, como no podía ser de otra manera, las ventas masivas y capitalistas de este ejemplar, esto es, ensanchar la tarta.

Como conclusión, pienso que, a pesar de ser una lectura variada, es mucho más educativo y fructífero echar el rato viendo la serie televisiva Érase una vez… el hombre.

Glosario de términos elegidos de este libro:

Aducir: justificar mediante pruebas o razones una premisa o idea.

Pandemonio: lugar ruidoso y caótico.

Cornucopia: vaso en forma de cuerno, el cual es la representación de la prodigalidad y la abundancia.

Plétora: excesiva abundancia.

Ubicuo: posibilidad de existir al tiempo en todos los lugares.

Obliterar: obturar un conducto. Tachar o borrar.

Apriscar: encerrar el ganado en un cercado.

Carestía: escasez de algo, carencia de víveres.

Perentorio: urgente o apremiante. También significa definitivo o que concluye algo.

Célere: rápido, pronto, presto, veloz.

Compeler: obligación de realizar una acción.

Fáustico: relativo al personaje ficticio de Goethe, Fausto.

Inocuidad: algo que no provoca daño.

Coerción: violencia o coacción ejercida para modificar una conducta, voluntad o naturaleza.

Resiliencia: capacidad de adaptación de los seres vivos ante la adversidad.

Holístico: relativo al holismo, que es la doctrina por la cual la suma de diferentes partes forma un todo o realidad distinta a las demás.

Indolencia: insensibilidad, que no siente dolor, afección.

Disoluto: que cede a la pasión o al vicio.

Displicente: desagradable, que disgusta. Mal humor.

Estupro: violación a una persona menor de edad.

Cadena trófica: cadena alimenticia en la que unos seres vivos de nutren de otros.

Ápice: extremo superior. Punta.

Endogamia: rechazo a la anexión de nuevos miembros en un mismo grupo. Relación matrimonial y sentimental entre individuos solamente de una comunidad o grupo social.

Impostura: efecto engañoso, fingimiento, con apariencia de verdadero.

Jaez: adorno de las crines del caballo, generalmente trenzadas.

Xenofobia: miedo al extranjero, foráneo, forastero.

Sajar: realizar una incisión para extraer de algún cuerpo impurezas o ponzoña.

Vehemente: realizado con una fuerza impetuosa o irreflexiva.

Correligionario: integrante de una misma fuerza política o persona que sigue la misma doctrina religiosa.  

Alcrebite: azufre.

Hipérbaton: alteración sintáctica de una secuencia oracional.

Memética: estética que imita la naturaleza.

Postmodernidad: movimiento artístico que se basa en la individualidad y la falta de compromiso social.

Titilar: brillar de forma parpadeante.

Revolución cognitiva: cambio radical en los procesos mentales implicados en el conocimiento y el lenguaje.

Énfasis: potenciar la entonación para resaltar la importancia de lo que se dice.

Fútil: que carece de importancia.

Ingenio: facultad del ser para discurrir (inventar o crear, reflexionar sobre algo).

Ictérico: que padece ictericia, esto es, coloración amarilla de la piel.

Égida: piel de cabra cuyo adorno principal es la cabeza de la gorgona Medusa, que es uno de los atributos con que es representada Atenea.

Compadecer: sentir lástima o misericordia por el dolor ajeno.

Referencia:

Rodríguez, Alex. (01 de octubre de 2017). Yuval Harari “No dormiría. Quiero observar la muerte”. Magazinedigital. http://www.magazinedigital.com/personajes/el-personaje/yuval-harari-no-dormiria-quiero-observar-muerte

Blas de Otero, un ángel caído

Canto primero

DEFINITIVAMENTE, cantaré para el hombre.
Algún día —después—, alguna noche,
me oirán. Hoy van  —vamos— sin rumbo,
sordos de sed, famélicos de oscuro.

Yo os traigo un alba, hermanos. Surto un agua,
eterna no, parada ante la casa.
Salid a ver. Venid, bebed. Dejadme
que os unja de agua y luz, bajo la carne.

De golpe, han muerto veintitrés millones
de cuerpos. Sobre Dios saltan de golpe
-sorda, sola trinchera de la muerte-
con el alma en la mano, ente los dientes

el ansia. Sin saber por qué, mataban;
muerte son, sólo muerte. Entre alambradas
de infinito, sin sangre. Son hermanos
nuestros. Vengadlos, sin piedad, ¡vengadlos!

Solo está el hombre. ¿Es esto lo que os hace
gemir? Oh si supieseis que es bastante.
Si supieseis bastaros, ensamblaros.
Si supierais ser hombres, sólo humanos.

¿Os da miedo, verdad? Sé que es más cómodo
esperar que Otro -¿quién?- cualquiera. Otro,
os ayude a ser. Soy. Luego es bastante
ser, si procuro ser quien soy. ¡Quién sabe

si hay más! En cambio, hay menos: sois sentinas
de hipocresía. ¡Oh, sed, salid al día!
No sigáis siendo bestias disfrazadas
de ansia de Dios. Con ser hombres os basta.

El texto elegido para su análisis se titula Canto primero, y se encuadra en el poemario Ángel fieramente humano, de 1950, cuya autoría pertenece a Blas de Otero. Blas de Otero Muñoz nació un 15 de marzo de 1916, en plena Gran Guerra, en el mismo mes que se publicó la Teoría general de la relatividad, de Einstein. Su fecha de nacimiento coincide también con el momento por el cual el Dadaísmo fue introducido por Hugo Ball en Suiza, amén de ser el año en que Jacinto Benavente publicó su Campo de armiño.

La familia de Blas de Otero se enriqueció a costa de hacer mercadería con los metales en la Primera Guerra Mundial, vendiéndoselos a los Aliados, pero su estatus se vio degradado por la Gran Depresión. Blas de Otero consiguió estudiar Derecho, sin embargo, después de la Guerra Civil Española, volvió a Bilbao para trabajar en los altos hornos vizcaínos. Es en ese preciso momento de su vida donde sufrirá una crisis existencial que lo llevará a Madrid a estudiar Filosofía y letras, dado que su trabajo eclipsó a su verdadera pasión: la poesía. Empero, tras la muerte de su hermana tuvo que regresar de nuevo a Bilbao. Allí, vuelve a sufrir una nueva crisis existencial, espiritual, religiosa y de fe, que se manifestó en la realización del conjunto de poemas de 1950, cuyo título es, como hemos comentado anteriormente, Ángel fieramente humano, en el cual se enmarca Canto primero.

A la vista del poema, podemos afirmar que estamos ante un poema de corriente existencialista, que, al mismo tiempo, sirve de transición entre lo existencial y lo religioso, y lo social y lo popular. De tal manera, Canto primero se compone de siete estrofas de versos alejandrinos. El verso alejandrino se incorpora a la poesía castellana desde el Modernismo. Aunque Blas de Otero compone el poema con versos alejandrinos, lo que realmente va a construir es una composición de heptasílabos, emulando así al romance, porque lo quiere traer a la modernidad. El romance estaba compuesto de ocho sílabas oxítonas, pero aquí lo adapta en una composición de heptasílabos, de forma autoconsciente. Por tanto, estamos ante un síntoma de la modernidad.

Por otra parte, la voz de la enunciación poética hace las veces de demiurgo, para que el propio poema sirva de eslabón entre Dios y el ser humano. Y esto es una constante en la poesía castellana. Lo vemos a través de los encabalgamientos abruptos que observamos en el poema, porque el uso del encabalgamiento abrupto es indicio de que tiene que contar algo, necesita narrar algo. Y esto lo observamos en los encabalgamientos, que los utiliza como si fuera un ingrediente que acentúa ese carácter narrativo del poema, emulando así también al romance, ese carácter épico de la poesía donde se contaba al colectivo.

En este poema, además, lo que se narra es la soledad del ser humano. El ser humano es un ángel caído, abandonado por Dios. De tal manera que los seres humanos solo se tienen los unos a los otros, y, en este sentido, deben ser conscientes de esa soledad. Así, aunque los seres humanos buscan a Dios incesantemente, no lo encuentran, y, consecuentemente, deben aprender a vivir con esa soledad, es decir, deben aprender a vivir con lo inextricable de la vida y lo infinito de la eternidad, esto es, aprender a vivir con la conciencia de la muerte.  

Las palabras de Julia Uceda

Palabras

«SON palabras ya ajenas

recogidas por otro aire,

y en no sé qué otro ámbito,

pero sobre este libro que ahora ojeo,

tarde y en la noche,

es como si vivieran. Quizá vivan aún.

¿Cómo ahora será quien las vertía

sobre papel que ya no reconozco?

Se acercan por los años aunque se fueran aviejando

desde que gotearan de una pluma,

y su brillo, apagado y lejano,

sabe a hoja amarilla.

¿Quién eres? ¿Cómo fuiste?

¿Qué frío establecía la distancia

entre palabra y corazón?

Y, sobre todo, me pregunto,

qué tinta, qué papel nunca escrito,

quemado por la espera, como toda esperanza,

fue a parar al rincón de los desechos

con aquella pureza, con tantos ideales.»

El texto presentado para su comentario es de carácter literario; se trata en concreto de un poema, titulado Palabras, y pertenece a la escritora Julia Uceda. Esta autora se formó en Filosofía y letras, carrera con la que pudo acceder a lo literario en su época, y, como consecuencia, elaboró una poesía profunda, no solo porque expresó temas de alto fuste, sino también porque analizó de forma lúcida su tiempo.

El recurso retórico que tiene una importancia capital en el poema es el extrañamiento, es decir, el encontrarse de súbito en una situación extraña. Este extrañamiento lo observamos en el poema desde su comienzo: «SON palabras ya ajenas». Empieza por el extrañamiento, donde otorga a las palabras un carácter ajeno, porque nos habla de un asunto metaliterario. De tal manera, se puede relacionar con Quevedo, porque es una reflexión metaliteraria sobre la lectura, como el poema Desde la torre, y ella lo trae a colación con el argumento de la palabra escrita, que permite hablar desde el pasado, y que al unísono entrecruza con la idea del cambio que el tiempo provoca en todo, incluyendo las personas del pasado.

En la tercera estrofa, cuando dice «¿Quién eres? ¿Cómo fuiste?», se dirige al autor. Es un no saber, y pregunta desde el desconocimiento. Ese alguien no se sabe quién es, porque no se conoce su mundo, su contexto. De ahí viene el extrañamiento, de centrarse en lo extraño, en lo desconocido, en lo raro. Ella acude a la acción cotidiana de leer como si fuera el resorte que le da la vuelta al tapiz donde se muestra el otro lado de las cosas, esto es, la reflexión acerca de la literatura y el proceso de lectura, manifestada asimismo en el psicoanálisis y en la reflexión de la palabra, que fueron los estudios de moda en la época de Uceda, momento en el cual se empezó a estudiar la filosofía del lenguaje, dejando de ser esta un mero bibelot. Prueba de ello es que Noam Chomsky comenzó entonces a desarrollar sus ideas, al tiempo que numerosos escritores rescataban los estudios de Wittgenstein.

Navarrete Navarrete, María Teresa, “Julia Uceda”, en Remedio Sánchez García, Manuel Gahete Jurado (Coords.), La palabra silenciada, voces de mujer en la poesía española contemporánea (1950-2015), Valencia, Tirant humanidades, 2017, pág. 105.

La tragedia antigua en la obra de una niña asombrada

Mar, de Ana María Matute.

«Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas. Pobre niño, estaba doblado, amarillo. Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde.
Pero cuando llegó al mar se quedó parado. Su piel, ¡qué extraña era allí! “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.
Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.
“¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde.
Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: “¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia!
».

Ana María Matute nació un 26 de julio de 1925 en Barcelona y perteneció a la generación de los Niños asombrados. Frisando los 79 años, falleció un 25 de septiembre de 2014. Ha sido una autora que ha destacado, amén de su calidad literaria, por sus temas didácticos, los cuales se usaron en los colegios de todo el país para enseñar lengua y literatura.

El pasaje propuesto para su desarrollo se titula Mar. Este texto se incluye en la obra Los niños tontos, publicada en 1956. Este título está trufado de símbolos poéticos, como podemos observar, verbigracia, en «las abejas de oro» o «las hormigas malignas», de La niña fea. El símbolo de las hormigas aparece en las Metamorfosis o El asno de oro, de Apuleyo, en el episodio de Psique y Cupido, como vínculo con el submundo de la tierra, prolepsis de lo que va a acontecer, que es la muerte. Por consiguiente, es un texto que entronca con lo modernista. No obstante, solo aparecen estos símbolos como detalles, como instrumentos que tiene la autora en el interior de una caja de herramientas, donde escoge de toda la tradición literaria lo que necesita para la narración.

Asimismo, la estructura es muy poliédrica, pasa igual con la poesía. Sin embargo, los rasgos poéticos no están relacionados con la musicalidad de esta poeticidad, esto es, la sonoridad de la palabra, el ritmo, etcétera. No están tan presentes, hay más extrañamiento con respecto a la realidad, porque la autora estuvo marcada por la Guerra Civil, donde vivió episodios muy extremos. Una de sus conexiones que tuvo la escritora con aquella realidad era la mortandad infantil, que en España, en aquella época, era la más alta de toda Europa, la cual procedía ya desde finales del diecinueve y duraba hasta los años treinta, y a la que por añadidura había que sumarle los niños no bautizados, que no se contaban, alcanzando cotas de un 25 %, es decir, uno de cada cuatro niños fallecía. Después de la guerra los datos son aproximadamente semejantes. De tal manera que ella habla de la Guerra Civil y lo que vino después. Por este motivo vemos niños, débiles e inocentes, que siempre pierden frente a los otros niños que han quedado indemnes, es decir, los hijos de los nacionales. En definitiva, son niños sumidos en la desgracia, los cuales son rechazados por la propia sociedad de niños: «niños que aparecen marginados de la sociedad, tanto del mundo de los adultos como del mundo de los mismos niños», Báder (2011).

Por otro lado, la originalidad del texto radica en varios elementos, a saber:

1. El mundo clásico, antiguo. Los niños de cada cuento acaban muriendo, como en una tragedia griega. La acción va sucediendo y de una manera inexorable se conduce hacia un final funesto, y no hay manera de escapar. Esto nos lleva al segundo elemento: el símbolo.

2. El símbolo, como son los siguientes:

a) El paisaje, que es el equivalente a un decorado de fondo. Este paisaje es una suerte de locus amoenus, que hace las veces de antesala del submundo, que en el cuento que nos atañe, Mar, es el mismo mar y está como vivo, ejerciendo una influencia sobre el niño. Por su parte, la ropa es la vestimenta del personaje que llevara como si estuviera actuando en un teatro.

b) La caracola, que es la espiral, símbolo relacionado con la circularidad, la eternidad, que no acaba nunca y no pasa por el mismo sitio dos veces, a diferencia del círculo. Representa la vida, que es mutación, cambio de manera indefinida o eterna.

c) La muerte. En Mar aparece el niño que muere, que es como un contraste muy contundente porque se malogra, puesto que el niño es esperanza de futuro en sí mismo.

Hay asimismo un tránsito de una dimensión a otra, y la visión desde los dos lados del espejo: como lo ven las personas y como lo ve el niño. Se muestra al niño en esa otra vida, con conciencia. También hay algo en relación con el camino. El niño está enfermo y se supone que es una enfermedad grave. Hay un primer camino hacia el mar, y ese camino supone que el niño tiene una idea del mar, que no lo conoce de nada, es como pura fantasía en su cabeza, encontrándose al final del camino con una realidad. El camino normal puede llevar a que el niño muriera de esa enfermedad, pero hay una elección suya que sigue un camino de búsqueda. En realidad, es el tópico de lo clásico, el de los ríos que van a parar al mar, ríos de la vida, que también es un tema de tragedia. Asimismo, el camino del niño es muy corto, desde la orilla a la propia inmensidad del mar. Así pues, en la narración el tema de la muerte es un argumento de tránsito entre dos realidades. Es como convertirse en otra cosa, como algo de la infancia que muere. La muerte como símbolo entre dos realidades. El continuar después de esa muerte, donde se reflejan pensamientos suyos y donde ve la realidad en contraste con los que ven otra realidad en el mundo de los vivos, como una muerte idealizada a lo gogoliano.

En conclusión, pienso que los motivos literarios más destacables de la narración es, por un lado, el tránsito, esto es, el niño que aparece al principio y al final, y en medio un paso, un tránsito, como de un salto desde la niñez a la adolescencia. Por otro lado, los símbolos. La obra de Ana María Matute construye símbolos, que pueden ser plurisignificantes y estar entrecruzados, como los colores que aparecen en toda la obra. En definitiva, en la obra subyace un prurito de rescatar la negra espalda del tiempo, un pasado literario clásico de tragedia, que le sirve para señalar, y tal vez denunciar, la injusta y cruda realidad de una época que marcó para siempre la obra de Ana María Matute, una niña asombrada.

Referencias bibliográficas:

  • Petra Báder, “Ritos de paso, ritos de iniciación: Los niños tontos de Ana María Matute”, LEJANA. Revista Crítica de Narración Breve, 2011, pág. 1.