Me he sentido indignado al leer un artículo en el que se afirma, sin ningún tipo de justificación científica o filológica, que Ramón J. Sender no escribió La tesis de Nancy. El escrito se titula Ramón J. Sender y Alcalá de Guadaíra en su Tesis de Nancy, de la alcalareña María del Águila Boge Pineda, exdirectora cultural de la Casa de España en Los Ángeles. En este artículo Boge Pineda narra las tertulias que mantuvo con el escritor Ramón J. Sender, siendo ella por aquel entonces directora cultural de la Casa de España. Al comienzo del texto rememora la primera reunión que tuvo con el escritor, en la que Sender le contó «sus más amargos recuerdos: el asesinato de su esposa en Zamora, el exilio a Francia con sus hijos pequeños, etcétera». En este encuentro también charlaron sobre La tesis de Nancy (libro escrito por Sender, en el que la acción de la protagonista transcurre en Alcalá). En el momento en que comentaban la novela, Pineda dice que el recuerdo de su ciudad natal le suscitó de repente un arrebato de «entusiasmo localista»: «Mencioné sus dólmenes paleolíticos de Gandul y su gloriosa historia, antesala de la conquista de Sevilla por el rey san Fernando, su fortaleza almohade, residencia de Leonor de Guzmán –la reina que no cuenta, matriarca sin embargo de la dinastía Trastámara-, el paradisíaco parque Oromana, etcétera». Al parecer este comentario provocó en Sender cierta incomodidad, puesto que afirma Pineda: «el ceño adusto de don Ramón hizo que me apercibiera de que yo estaba haciendo una crítica a su novela». Una vez finalizada aquella conversación, sostiene que «estaba convencida no solo de que don Ramón nunca había estado en Alcalá, sino de que él no había escrito la novela». De tal manera, la conclusión que obtiene la exdirectora cultural de la Casa de España de aquella cita fue que Ramón J. Sender nunca visitó Alcalá y por ende «La tesis de Nancy seguramente había sido escrita por aquella alumna suya yanqui, que, como tantas otras estudiantes, residía en Alcalá […] dejándose impresionar por el tema más tópico de los gitanos locales, sin mencionar siquiera la fortaleza almohade más grande de España, sus extensas murallas con sus conspicuos once torreones y su castillo allá en lo alto del alcor, llamativos desde todas las entradas de la ciudad». Después de aquella entrevista tuvo otra velada con Sender que cuenta de esta forma: «Ya atardecido, fuimos a una sala de fiesta donde actuaban flamencos españoles y mariachis mexicanos. Don Ramón era allí tan conocido como querido. […] pagaba rondas para todos y daba muchas propinas. Las artistas jóvenes se le sentaban en las piernas y las maduras le besaban con veneración. Él reía feliz entre ahogos, como un patriarca Hemingway en la plaza del Castillo de Pamplona–en sus últimos sanfermines, mi hermana y yo, sentadas a su lado en la terraza del café Iruña entre un grupo de jóvenes suecos que nos hacían corro, tomamos copas que papá Hemingway pagaba para todos». Para finalizar, concluye: «Si apenas conocí a don Ramón, sin saber que había sido Premio Nacional de Literatura, dudé de su autoría de La tesis de Nancy, aún dudé mucho más al conocer toda su obra literaria».
Como sabemos La tesis de Nancy es una novela de carácter epistolar en la que se narran las peripecias de una joven estudiante americana afincada en Alcalá de Guadaíra. El pueblo de Alcalá de Guadaíra en la novela se describe a través de esa figura retórica que conocemos como topografía, que es un tecnicismo retórico-literario, y sirve, en el ámbito literario, para denominar la recreación de lugares insertados en la ficción al tiempo que dota con un cariz de verosimilitud una historia irreal. Por tanto, podemos afirmar que las localizaciones que se encuentran en la fantasía, aunque se les otorgue el nombre de una ciudad real, se interpretan como escenarios o descripciones de territorios que habitan la imaginación, como algo soñado. Tanto es así, que incluso el Madrid de Galdós o el París de Cortázar son topografías o lugares ficticios, porque están dentro de la mentira, la invención, lo irreal. Así pues, estos parajes, confeccionados con el tejido de la simulación, proporcionan al tapiz que es la novela un inextricable bordado, lleno de matices, que convierten por un momento lo ficticio en verosímil. De tal manera que a Sender no le hizo falta conocer Alcalá, ni mucho menos visitarla para usarla como topos; es más, si hubiera querido proponer para su libro una Alcalá idílica, como las descripciones de las antiguas arcadias paradisíacas, hubiera utilizado la topotesia, es decir, la descripción fingida de un lugar que puede ser ilusorio o no. En definitiva, más allá de la descripción que Boge Pineda hizo de Alcalá retrotrayéndose a la dinastía Trastámara, que no es ni una forma de topotesia ni topografía, sino puro localismo hipócrita, pacato y cateto, y de su poco criterio, se pueden analizar muchos elementos de la novela del gran Sender, incluso indagar si de su pluma nació dicha historia. Sin embargo todo apunta a que la autoría de La Tesis de Nancy difícilmente pueda serle arrebatada al inmortal Ramón J. Sender, el gran escritor que insertó la ciudad de Alcalá de Guadaíra en la Literatura Universal, al tiempo que denunciaba numerosos aspectos la sociedad española de su momento, la cual, como podemos observar en el indigno artículo de María del Águila Boge Pineda, todavía apesta «a orines de gato».